
Estamos instalados en la realidad, pero la mayor parte de nosotros nos empeñamos en ver algo distinto y en ponerle los nombres más escandalosos e inadmisibles. Ese empeño surge del hecho de que el mundo por sí solo no basta para llenar nuestro hambre de vida. Nuestra existencia más aparente se ve atravesada por una multitud de circunstancias concretas que nos condicionan, y a las que muchas personas deciden ceder su libertad, convirtiéndose en esclavos.
Con tres dimensiones no nos basta.
Unos no se percatan de esto nunca, y los que lo descubren sienten vértigo y una especial punzada en el estómago que lleva dentro el veneno de la rebelión. Este peldaño trae consigo nuevos peligros, mayores tentaciones, fenomenales pruebas que nos sitúan de una manera creciente ante la caída. Y la caída es prácticamente inevitable, porque somos imperfectos y no estamos constituidos para responder con autosuficiencia a la perfección que nos llama.
Las caídas se suceden hasta darnos la falsa impresión de que no hay escapatoria a un final trágico. Y entonces viene el peligro mayor de la rebelión. Las personas lo hacemos en parte de manera inconsciente, pero detrás de la renuncia progresiva a la realidad se encuentra el miedo, que es siempre fruto de la ignorancia. El sentimiento de desamparo ante la fatalidad es lo que lleva a muchos a abrazar la muerte de una manera prematura: a profesar un vulgar sistema de mentiras, que narcotizan y protegen del dolor, pero cuyo más horrible efecto consiste en abdicar de la razón y aplacar toda sed de certezas.
Se equipara entonces la verdad al dolor y el conocimiento a la ceguera, y ambos objetivos de altura son pisoteados con furia por la masa, que es uno, menos uno, menos uno, menos uno... hasta que las únicas perlas que se respetan brillan en las dentaduras de las misses americanas. Y este giro, expresado de forma sutil siempre (porque las personas elaboramos eficazmente nuestras falacias) lo pone todo patas arriba: destierra el sentido común e institucionaliza el absurdo, como forma adecuada de pensamiento.
Pero hay dos hechos que se imponen lentamente al constructo negacionista y sus drogas narcotizantes: el primero es tan sencillo que su enunciación casi hace sonrojar: no sacian la sed. Sencillamente porque son sucedáneos. La sed no se apaga mientras el corazón late, y nos ayuda a vencer las dificultades, como un río se abre paso más allá de los muros que lo retienen. El segundo factor es el verdadero tabú de nuestros tiempos: se trata de la presencia del mal. No de un mal genérico y despersonalizado, separado de las circunstancias concretas de cada persona, sino del mal. Tarde o temprano, el mal se hace presente en la vida cada individuo, que descubre entonces sus miserias y se encuentra ante la obligación de optar.
La caída es el principio del Camino. Este mundo no da para más, y su secreto reside en la particular forma de levantarse que cada persona debe ir encontrando y haciendo actual. Para lograrlo es preciso que acepte la realidad y no cualquier constructo voluntarista pseudoalternativo. La realidad como el escenario en el que su sentido último se la juega. La clave de la vida está en la superación de nuestra frágil condición humana, por la vía de su afirmación. Es la única en la que podemos encontrar el sentido de las cosas.
Y si el componente decisivo es el factor humano, va siendo hora de centrarse en su motor: el amor.
Somos materia finita rellena de infinito. Como el amor es infinito, infinitas son las sendas que lo recorren. Y queda por esta vía desenmascarado el maligno y pulverizados sus argumentos destructivos. Porque a través del prisma humano, en términos reales, muy carnales, el vacío nunca puede ser existencial. Sólo artificial. Y lo que el amor justifica, con su goteo misterioso, es la libertad de cada hombre de negarlo o volcarlo en los demás.
foto: Margaret, locutora de la BBC durante la II Guerra Mundial
Londres '08














































































