O S A K A

ser es más que estar

23 feb. 2017

A los pequeños

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La Cuaresma es un tiempo de preparación personal y eclesial –nunca va lo uno sin lo otro– para la celebración de los grandes misterios de la vida cristiana. Para la Pascua. Una ocasión idónea para preguntarnos con detenimiento y en conciencia ¿qué es lo más importante para mí? No es algo que debamos responder a la ligera, ni afrontar con miedo alguno, sino desde la confianza íntima de que, cualquiera que sea nuestra respuesta, Dios nos estará queriendo decir algo. Por eso es bueno que pidamos los dones de la humildad, que es andar en verdad (Santa Teresa de Jesús), y de la conversión continua, pues podemos descubrirnos con los pies enfangados por “caminos de muerte”, o amenazados siempre de estarlo. “Velad y orad, para no caer en tentación”, nos advierte el Señor.

La Cuaresma nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la trayectoria final de Jesús de Nazaret, abrirnos al misterio que encierra su “via crucis”, pues a simple vista podríamos tener la impresión de que el mismo Pastor del Rebaño se condujo ciegamente por dichas “sendas de muerte”. Sin embargo, los cristianos sabemos que los pasos de Jesús no eran erráticos, ni absurdos, sino que estaban atravesados de un sentido salvador y redentor, conscientemente asumido.

Es cierto: su corazón y sus pies apuntaron siempre hacia Jerusalén. Él conocía bien su misión, y no se hacía ilusiones cerca de las reacciones que provocaba en los demás. Si leemos las Escrituras, constatamos que conforme nos acercamos al final de su vida terrenal, la atmósfera se nos hace irrespirable. Todo a su alrededor era asfixiante y conspiraba, abierta o secretamente, contra su Persona y pretensiones últimas. El motivo era bien claro, pues Jesús no pasaba únicamente por ser un hombre sabio y bondadoso, o un profeta de gran poder, obrador de milagros, cercano al pueblo, maestro ingenioso y comprensivo. Él actuaba y decía las cosas “como quien tiene autoridad”.

Ante todo, Jesús se presentaba como la-Autoridad-en-persona, un ser humano que perdonaba los pecados, capaz de interpretar y aplicar la Ley divina desde dentro, una persona que podía reclamarte la vida. Jesús se sabía y postulaba como un absoluto; alguien ante quien nadie quedaba indiferente. Entrar en contacto con Cristo suponía verse tocado en lo más profundo del corazón e introducido en aquél ámbito de la intimidad en el que es posible la libertad e irremediable tomar una postura. Pero Jesús nunca forzaba el sentido de la respuesta, sino que se proponía amorosamente, con una dulzura y delicadeza infinitas. Él seguía siendo rechazable. Ante Él en cualquier caso, la gente iba decidiéndose en un sentido o en otro, sin acabar de “controlar plenamente” lo que pasaba, pero conscientes de que en esa mirada irrepetible, penetrante y comprensiva, había una cierta, innegable, fuerza de imposición. La fuerza de imposición de la Verdad en Persona. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo –dirá ante un Pilato atónito–: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). No olvidemos que de entre todos los motivos por los que las clases dirigentes y los fariseos quisieron darle muerte, destaca uno a gran distancia del resto: “No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces Dios(Jn 10,33).

El caso es que todos conocían de dónde provenía ese tal Jesús. Había pocos secretos acerca de su origen humilde y artesano (su padre, José, era Teknés, y Él, el hijo del teknés). Este fuerte contraste, este salto desproporcionado entre lo que la gente “creía saber” del Nazareno y lo que cualquiera en su presencia captaba de inmediato debe movernos a pensar. No tenemos derecho a pasar por alto este dato, como quien oye distraídamente una cantinela conocida que se repite año tras año… Aprovechemos la Cuaresma para pensar y rezar, implorando la luz de lo alto, suplicando ver por la fe aquello que los discípulos captaron en Jesús. Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!” (Lc 10,23).

La puerta de la fe sigue siendo la humildad, sin la que no es posible la pureza de corazón. En aquella hora, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo, y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». (Lc 10,21-22)

Cuando nos detenemos un poco en este pasaje tan conocido, que no por casualidad destaca que Jesús estaba muy contento, descubrimos una lógica en el modo en el que Dios se manifiesta a sus criaturas preferidas. La revelación es, primera y muy principalmente, un don gratuito, una fabulosa muestra de amor que en ningún caso podemos “forzar” o pretender “merecer”, puesto que nos viene toda ella del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. La Trinidad entera está volcada en comunicarse con su amor y su verdad, en darnos parte de su gloria y felicidad eternas. Pero de esto sólo se percatan los pequeños. “Es preciso nacer de nuevo”, recordábamos hace algunos números. Y nacen de nuevo quienes se entregan de corazón a una actividad bien concreta, que es la primera forma de respuesta, sin la cual las demás realmente no existen: acoger. La espiritualidad de María, el trabajo principal de los niños de Dios.

Tal vez nos cueste apreciarla en su justa medida. No es fácil comprender hasta qué punto representa la mayor de nuestras tareas. Y es normal hasta cierto punto, porque tendemos a considerarla como algo meramente pasivo, indigno de nuestras formidables capacidades y aspiraciones. En lo que respecta a Dios y a los demás, nos inclinamos hacia el dar, el hacer, el proveer, compartir, promocionar… pero aunque éstas magníficas pruebas de amor son inseparables del recibir, no dejan de ser un momento segundo de la respuesta a Dios. Lo primero sigue siendo aprender a recibir, y por tanto aprender a mirar.

“María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Qué gran don del Espíritu Santo, que secunda y sostiene a los pequeños, a los que han decidido dejarse guiar y sostener por algo más que sus propias fuerzas y criterios, y se han hecho capaces de la fe, capaces de reconocer en sus vidas a Jesús, Dios y Hombre verdadero. Ésta es en el fondo la decisión que podemos tomar hoy: Señor, hazme tú la agenda.

Por eso, la Iglesia nos propone un camino de oración, ayuno y limosna, que vaya haciendo de nuestras vidas una pura y confiada receptividad de Dios y de su voluntad. Así, por ejemplo, en Jesucristo la humanidad se ha hecho capaz de Dios, y podemos escuchar en medio de las batallas diarias: “venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco” (Mc 6), o quitarnos de lo que nos sobra (y estorba), para volver a desear bien y acoger a quien nos necesita, o confiar de nuevo sólo en Dios, (“no andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir…” Mt 6,31). Ésta es la fidelidad en lo poco a la que hay que aspirar, con la que va naciendo en nosotros la determinación de los amigos de Jesús -y que es un milagro desde cualquier punto de vista que se la mire-: “Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: vamos también nosotros y muramos con Él.” (Jn 11,16)

Es preciso emplearse a fondo en el arte de la infancia espiritual (Santa Teresita del Niño Jesús), que consiste en un paciente ­–y por tanto agradecido, esperanzado– saber mantenerse abierto los dones de Dios, a adorar su voluntad y a acogerle a Él, máximamente entregado en Cristo. Sin esta disposición de la madurez cristiana, que es con la que deberíamos por ejemplo acercarnos a la Misa, el resto de nuestras “buenas obras y mejores intenciones” se quedan como chatas y vacías de sabor, tan pretenciosas como ridículas. “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).

Un último detalle, de valor incalculable: Jesús se presenta ante los demás, ya lo hemos dicho, como lo que es, como el Alfa y la Omega, principio y fin de la historia, como el Dios hecho hombre para nuestra salvación. Pero Él se ha puesto también como el primero entre los pequeños de la tierra, alguien inmediatamente comprensible para los pobres, los desheredados, los enfermos y apestados de la sociedad. Y no por la miseria o pestilencia de éstos, sino porque han descubierto que sólo tienen a Dios por defensa. ¡Cuántas aparentes “seguridades” nos apartan de la única que cuenta! Con todo lo que es y representa, Jesús no deja nunca de hacer lo que ha hecho desde la eternidad: volverse hacia el Padre para recitar ahora con el pequeño resto de Su Pueblo –con nosotros hoy– el Salmo 130:



Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad.

Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;
como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí.

Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.





Ésta es la disposición con la que se condujo hacia su Pascua.









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12 oct. 2016

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«Dios da la vida a los muertos y llama a las cosas que no existen para que sean.» (Rom 4, 17)



Boceto iglesia Benasque, Huesca -Catalogo 1995 Palacio de Sástago-








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19 may. 2016

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up in the air!














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15 sept. 2013

3 sept. 2011

cero grados

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El miedo.

Desactivador universal.

Nuestro instinto es una herramienta de primer orden que ha permitido al ser humano sobrevivir al paso de los milenios (vídeos de José Mota y entrevistas de Jesús Hermida incluídas). Pero a diferencia de otros indicadores, el miedo no sólo le avisa de los peligros, sino que puede responder a (o incrementarse por) factores puramente psicológicos, con la sugestión y las composiciones de lugar erróneas a la cabeza. A modo de ejemplo, es como si un termómetro marcara cero grados cuando efectivamente los hiciera y cuando el termómetro decidiera que los hace, estando a treinta grados.

Es posible tener miedo por ignorancia u ocultamiento de la seguridad en que efectivamente nos movemos. Pido disculpas por la clase de primero de teleñecos, pero la necesito para llegar a un punto interesante: la ignorancia del medio en que nos encontramos puede ser involuntaria o puede ser culpable. Y la segunda posibilidad, de la que el ser humano es perfectamente capaz (hasta llegar a ocultársela también), resulta inquietante en grado sumo. Puede darse entonces la siguiente situación: que una persona sea la causa eficiente de su propia ignorancia, fruto de la cual viva instalada en el miedo. Adviértase que esta ignorancia no tiene por qué ser fruto de una decisión firme, tomada de modo consciente. Me inclino a pensar que más bien se dará como consecuencia de una sucesión de reacciones subconscientes (o tomadas a la ligera, sin advertir sus profundas, vitales, radicales consecuencias) y que su culpabilidad se deba a la falta de voluntad de superar la ignorancia a la que le han ido conduciendo. El conformismo y no la ignorancia, el deseo de permanecer en ella es lo que puede echársele en cara.

Pienso que el motivo por el que estamos sujetos a esta tentación reside, sobre todo, en lo que se ha convertido de hecho en el tabú de nuestros días. El dolor.

No queremos sufrir. Por supuesto, no quiero decir que en otros momentos de la historia se haya considerado un valor positivo (algo propio de patologías determinadas, perfectamente identificadas desde antiguo), o que no se haya procurado evitar por todos los medios. Me refiero a algo distinto: llegados a un punto, el dolor era aceptado como un invitado no buscado, pero asumido, y al que se podía incluso encontrar un sentido. Hoy no es así. Basta echar un vistazo a los argumentos de muchas personas a nuestro alrededor (por no mencionar los de los partidos políticos y los mass-media que los superprotegen), para darse cuenta de que el dolor representa el escándalo de nuestros días. Hoy nos resulta tan "intolerable" que lo hemos elevado a rango de elemento determinante de la dignidad o no de una vida, y le otorgamos, metafóricamente hablando, las llaves del cielo y del infierno, para que disponga de ellas según su criterio reduccionista.

La sociedad occidental ha invertido los términos, poniendo en tela de juicio verdades irrenunciables y ha hecho de las que se siguen -de orden necesariamente secundario- su dogma estático y lineal. La ausencia de dolor y su hermano progre, el mal llamado bienestar, parecen los valores definitivos y se anteponen con ardorosa vehemencia al derecho a la vida, del que beben. Es una situación absurda, en la que se protegen a muerte ideas (no diré derechos todavía) derivadas del derecho supremo que se ataca. Y todo ello manoseado y ofuscado con discursos elocuentes y una mano de barniz intelectualoide que nada tiene que ver con la verdadera ciencia, la que busca la verdad, la que no falsea, la que colabora con las demás ramas del saber y sabe ir de la mano de la moral. Es una lógica absurda, demencial. Una falacia de consecuencias abismales que ya se dejan notar. Una muesca más en las Tablas de la Ley Antipersona con que nos saboteamos, orgullosos.

Pero volviendo a la génesis del asunto, resulta inquietante -por infantil- que la causa de tanto mal resida en el bajísimo índice de tolerancia al dolor en nuestra sociedad. "Que pase lo que sea, pero que no duela", es el mantra infalible que las mentes infrautilizadas (y los corazones anquilosados) repiten con mecánica, mortífera precisión.

El dolor no puede tener la última palabra, no puede ser el argumento definitivo, el puerto de llegada en el que descansen nuestros argumentos. Hay multitud de valores superiores al del bienestar, empezando por la justicia, la tolerancia, la honestidad y el amor. Éstos sí son la fuente de toda personalidad digna de tal nombre.

"El siglo XXI será el siglo de los que tengan personalidad", me dijo hace tiempo un amigo. Y tenía razón. El siglo de las personas que no vendan su alma por una semana de vacaciones en Nueva York (lo que no lleves en tu corazón, difícilmente podrás encontrarlo allí), que no rehuyan una intervención quirúrgica necesaria, que toleren una deficiencia física desagradable a la vista (porque conocen la potencialidad infinita de quien la padece), que sean capaces de salir en defensa de quien aman, por encima del instinto básico primero (que no es de corte sexual, sino existencial).

La vida es el derecho primero. La primera verdad. Y sólo es lícito entregarla por aquella vida que más queremos, y no tiene por qué ser la propia. Aunque duela. Porque la verdad puede doler, pero no deja de ser verdad.

Lo otro son cuentos de brujas que el demonio ha sabido contar y cuya moraleja nos oculta con habilidad.



















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22 ago. 2011

r e d

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Cuando señalas con una marioneta, el tonto se queda mirando la luna.





foto: Larrede (El Serrablo, Huesca)












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15 ago. 2011

...será tuyo, hijo

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Sí, todo lo humano es personal. Pero el hombre puede deshumanizarse, la persona auténtica enredarse en dinámicas destructivas.

El hombre no es sólo un instrumento de la tradición: además de una condición para la misma, es un ser destinado a realizarse. Y su realización depende tanto del grado de información que reciba y sepa transmitir a sus próximos como del nivel de vida y experiencia que logre alcanzar. La vida no está concebida sólo y únicamente para ser transmitida, sino también -y esencialmente- para ser vivida.

En puridad, sólo puedo transmitir lo que he vivido. Lo que en mi vida he encontrado de valioso. El hombre es una pieza del engranaje, pero una pieza libre, con capacidad para desligarse del mecanismo que humaniza (y de esta forma, aunque no lo perciba así, despersonalizarse; es decir, renunciar poco a poco -"el hombre muere despacio"- a aquello que le diferencia del resto de criaturas y le convierte precisamente en persona). Y cuando conoce y asume su puesto en el proceso, es capaz de todo lo bueno y mejor. Es pieza, elemento de transmisión, pero a modo de componente libre, que encuentra en la experiencia de vida y en la verdad de su interior los motivos por los que debe incorporarse a la tradición. Formar parte de algo más grande que él, que le alimenta y bebe de él a un tiempo.

La tradición de todo lo bueno que hay en él sólo se produce cuando lo descubre, vive y asume como tal. Cuando se desarrolla y eleva hasta la condición de persona, que es libre y amable por entera, y está en condiciones de decir a sus hijos: "Yo he vivido y es verdad. Toma y sigue."



Y por descender a lo concreto, si tuviera que dejar una lista de cosas cotidianas por las que merece la pena vivir, si tuviera que despedirme y dejar algo a mis amigos, les diría varias cosas que no referiré aquí, y otras tantas que empiezan con que es bueno levantarse dando gracias, pasear por las calles mientras se activa la masa urbana, desayunar fuerte, si es posible dos veces, ser fiel al sitio donde se compra el pan, se lee la prensa y se bebe café (o batido de chocolate), leer el Evangelio y disfrutar con lo que pasa –y mira que pasa–, hablar con tus padres y hermanos, los de sangre y los de espíritu, estar centrado en cada cosa que se hace (cuando se trabaja, se trabaja; cuando se brinda, se brinda; cuando se besa, se besa), hablar de pie y comer sentado, llevar un diario de motivos por los que dar gracias, atreverse con lo que da miedo pero gusta en el fondo, leer los clásicos, ver los clásicos, escuchar los clásicos, y al final del día, cuando parece que todo queda por hacer, considerar lo que sobra, lo necesario, lo que puedo regalar. Lavar la ropa, regar las plantas y dejar los zapatos limpios para mañana.


Cosas sencillas que hacen la vida vivida. Cosas que dejar en una lista si sales pronto.

Para volver a casa.


n a c o

cafécortado












fotos: Pedro Sagasta, pintor aragonés
S. Ignacio de Loyola, NYC 2011








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14 ago. 2011

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Brilla verde en cemento enterrada
la planta amada, mi espera. Bebe
del alma asombrada a la que juntos
nacimos un día, aquél día, este día.

Verde, brilla verde y nada deja
al azar. S
uspiros de vida plena
su sombra, que
luce al pasar.
Por dejar.

Brilla concreta en verde libertad
y el cemento se pliega
a su sombra
al pasar.
Y mi alma presa confunde
de tanto llamar.
De tanto la amar.

Ven Vida y apresa
mi planta que verde te implora.
Y déjala en paz.
Tu paz.




(un ensayo sobre la esperanza)












foto: Briant Park, NYC 2011





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13 ago. 2011

si muove (eppur)

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Creo (pero en el fondo sé) que la parte que más me gustaba de ciertas películas era cuando el protagonista se hacía a la gran ciudad en un cadillac, para cumplir con su deber de ciudadano. Se detenía un instante en el quicio de la puerta, miraba al infinito concreto de cada espectador y decía aquello de "Volveré".

Aquello estaba bien. Podían dispararle a bocajarro, dejarle malherido durante meses, podía tener que perseguir al malo por Nuevo México, o enamorarse de una princesa (o de una que fingía serlo) y olvidar su propio nombre, o sufrir un desengaño tras otro, hasta gastarse las cejas y el paladar apoyado en la barra de un bar, o quedarse sin financiación para la siguiente película igual. Pero lo había dicho. Lo había dicho bien claro: no nos dejaba huérfanos. Sabíamos que volvería y que así deseaba hacerlo. Que su silueta de llanero solitario surgiría en el horizonte cada vez que la invocáramos. Que había un orden posible en el caos aparente de la isla de Manhattan, y descansaba en el único bien creíble que nos queda: la amistad.


















' o s a k a ' no es un héroe de película, pero tampoco un espacio abandonado. Es un proyecto inacabado que aspira a inacabarse un poco mejor. Y volverá como lo hacen los sueños, cuando se entrecierren los ojos y veamos sólo con el corazón.





n a c o
freeasabird






fotos: NYC 2011


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summertime...

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...and the living is easy







foto: París 2009




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15M

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Es cierto. El sistema exige una reforma en profundidad. Pero ésta debe de producirse desde dentro. Sin efectismos ni aspavientos. La clase política tiene que renovarse por entero: ha de tomar conciencia de la altura y exigencias de nuestro tiempo. También la sociedad debe subir el tono, reclamar lo que le conviene y es propio. De hecho es ella de la que debe tomar conciencia de sus necesidades irrenunciables y exigir políticas que las articulen y hagan posibles ¿Será capaz?

No pienso que cambiar la Constitución sea la solución: estaría bien en cambio que se aplicara de una vez, y que se hiciera con honradez, con sentido común, con responsabilididad efectiva (y de ahí la exigencia de una justicia verdadera, de un genunino estado de derecho).

La sociedad española está enferma. Su crisis no es sólo económica, sino esencialmemte moral. Padecemos una bancarrota moral que permite que los ladrones y los manipuladores de masas se muevan con impunidad por los pasillos de nuestros 19 parlamentos, las redacciones de los mass media, las secciones de los hospitales, por los claustros de nuestras universidades... Todos somos responsables del estado de las cosas, pero no lo somos en el mismo grado.

Por cierto que a nadie sorprenderá que en el movimiento 15M, autotitulado democrático, me haya encontrado con bastantes personas con posturas de un dogmatismo protoizquierdista preocupante. Así no vamos a ninguna parte. Con la técnica del rodillo, en la que sólo pueden hablar unos porque tienen legitimidad de serie y se pasan por el arco del triunfo los mismos principios que proclaman. Dices, Ignacio, que se llevarán un chasco: "...y les va a sorprender porque sólo se ven a ellos mismos y su imagen distorsionada por su leyenda personal". Por desgracia no lo veo. No lo veo... En su sistema no entramos quienes pensamos diferente, porque ellos creen detentar el monopolio del diferente pensar, y para el debate justo es inútil contar con grandes bolsas de la sociedad, que siguen calladas y ya no saben distinguir entre la verdad y un saco de embustes.

Nos sobran nacionalismos egoístas, regionalismos desbocados (contra los que poco o nada oirás en las proclamas), el terrorismo mafioso, las camarillas de periódicos, senados, televisiones, grupos de presión varios, facciones sectarias autodenominadas (e infliltradas en el) 15M... y una enorme masa dormida, despersonalizada, que acepta lo inaceptable como marco para su vida. Es el desastre asombroso de un país en busca de su naufragio, el drama de un nido de avispas caprichosas y enfadadas. Y no hay reemplazo. No hay reemplazo ni se le espera.

De momento.

¿De cuanto tiempo disponemos? Quién sabe. En España no va a quedar ni el apuntador, si éste decide salirse del guión y empezar a pensar por sí mismo. El mantra progre -"queremos un gobierno que no nos mienta" etc- oculta la verdad del proceso: una deriva calculada, casi inadvertida pero progresiva, hacia el Estado totalitario. Totalitario y venezolano, que está todo inventado.

Pues te adelanto que no me pillarán cultivando bananas...



n a c o
libertad




fotos: Park Ave.
NYC 2011
Ventanuco en un pueblo aragonés.





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Si, m'ama, lo vedo, lo vedo...

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Estamos de acuerdo. Nemorino es... un nemorino. Acaba de alistarse en el ejército como sola forma de que Adina se digne mirarle a los ojos. Con la primera paga de soldado, comprará esta misma noche -¿qué otra posible?- una botella del elixir D'amore -que en realidad resulta ser Bordeaux, pero él no lo sabe- y conseguirá que la amada caiga rendida en sus brazos. Mañana Dios dirá.

Es un plan descabellado, a la desesperada, tomado con la urgencia de un corazón arrebatado. Pero Nemorino lo traza consciente, sabedor de sus fatales consecuencias, a las que se precipita voluntarioso. Y por eso, en libertad.

Pronto encontrará la muerte en el campo de batalla, pero hoy ha visto llorar a Adina ¡Y lloraba por él entera! El hombre entiende entonces que llegados a este punto, en la altura del momento, bien se puede enfrentar la muerte por un rayo de amor eterno.

Hágase la luz y muéranse los feos. Que bien están las historias simpáticas que nos interpelan y despiertan en nosotros la verdad aletargada. Esa entrega, que brilla por amor y en el amor refleja -por instantes- cuanto de bello hay en el alma.

Cuanto merece ser salvado.









n a c o
jevaismarcher







fotos: Ainzón en 80mm (2011)



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En invierno, hiberna, y en verano...

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Suele decirse, ignoro si es verdad, que para ser escritor hay que saber reírse de uno mismo. Es uno de los motivos por los que no considero serlo. En cualquier caso, de acuerdo con esta lógica peregrina, me pregunto si al reírme de los demás les convierto automáticamente en genios de las letras. Y puede que así sea, porque empiezo a detectar cierto brillo en derredor, conforme me hundo en el lodo del lugar común.

Vean con qué descaro repito palabras en desuso y me valgo de adjetivos estrambóticos. Adviertan la maldad con que tuerzo las normas de puntuación o hablo obsesivamente de mi persona. No pasen por alto las frases gratuitas derramadas por doquier con motivo de alargar el párrafo. Como esta misma, mismamente ¡Qué decir de las dobles negaciones! Por Tutatis que lo estoy dando todo. Y es que se me pueden negar muchas virtudes, salvo la de conseguir que otros se luzcan donde yo fracaso. En eso estamos. Llueve.

Cuando me he acercado a la página en blanco –que ha sido la segunda vez, porque la primera me he ido a leer a Chesterton en la cama– tenía la intención de superar las expectativas propias y extrañas y ofrecer algo nuevo y respirable. Ahora es distinto: conozco mi techo y por lo que parece todavía no he pisado suelo en este horrible descender al infierno literario que es el mundo del aficionado. Pido disculpas, pero la lluvia me retiene en este asilo involuntario e impide que me ocupe de otros asuntos.

Las ideas fluyen juguetonas en algún punto del universo. Pero no es en esta casa, donde los libros sujetan montañas imposibles de latas de conservas y el hastío se apodera de sus moradores. Aquí todo se ha vivido, se ha creído vivir al menos al considerar la posibilidad de decirlo, con silencioso resultado y la vaga sensación de estar de vuelta de una experiencia completa, aburrida y circular. Como circular es esta lluvia enojosa.

¿Pero no lloviste hace un año? ¿No lloviste igual, cuando me disponía a brincar por los montes, jugar al escondite, leer cerveza y beber poemas con esos granujas a los que llamo amigos? ¿Tenías que venir otra vez a aguarnos la fiesta, a interrumpir nuestra hibernación activa del verano? Mientras escribo, se apodera de mí una hostilidad familiar. Y por aquello de no centrarla sobre mi persona, la vuelco en una carta manuscrita dictada a una secretaria imaginaria, que piensa en su novio marinero y transcribe al vuelo lo que bien le viene en gana, que puede tener su interés, pero que desde luego no es esto, no es esto... Así que mientras un tercio de España sufre de hídrica sequía -que la mía es creativa-, el agua amenaza con anegar Sallent y veneciar los Pirineos.

Y con esto creo haber contribuido al desconcierto y al acostumbrado tráfico mezquino, raquítico de ideas. No sé si habré alcanzado cierto oficio de buhardilla y ese ritmo musical con que vierten sus ideas clandestinas los que en el papel confían, pero miren por la ventana: ya no hay nubes negras. Se han ido con viento fresco a paisajes remotos, donde nuevos niños de cuarenta años llenarán con palabras un tiempo magníficamente perdido. Que si la cosa era molestar, bien podía la tempestad haberse empleado con ingenio. Con un poco de nieve de estío, a base de bolas de chocolate con nueces, por ejemplo.

En cuanto a mí, acabo de calzarme las botas y salgo dispuesto a coger estrellas con el cazamariposas. Alguna chica hará como que se lo cree y perseguiremos juntos cosas mejores.

Otro día que llueva les propongo hablar de un nuevo sistema económico en el que se pague por las cosas que no tienen precio. Pero será otro día, sin coletas de por medio…

n a c o

escapismoenlaoscuridad







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a r c h i v o

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(estamos) llamados a ser