O S A K A

ser es más que estar

9 feb. 2018

no nos dejes caer...

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Al comienzo de la Cuaresma, nos encontramos con la imponente figura de Jesucristo, que, recién salido de las aguas del bautismo, se dirige al desierto guiado por el Espíritu Santo. El desierto es el lugar de la tentación, porque es el lugar del Adversario (Mc 1,12-13). Por más que nuestras vidas agitadas apetezcan un poco de ese silencio, no nos confundamos: Jesús entra allí “oficialmente” en estado de combate. Es una actitud de obediencia filial que no abandonará hasta su muerte en cruz y por la que dará gloria al Padre. Es también el camino que confía a la Iglesia, el Cristo Total, y, por tanto la misión que todo bautizado está llamado a prolongar. Sólo así salvará su propia vida y dará fruto abundante, haciéndose significativo para sus hermanos. Quien, con ayuda de la gracia, vence en el duro combate de las pruebas, se deja transformar en lugar de comunión (“Completo en mi carne lo que falta de las tribulaciones de Cristo por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia” Col 1,24) y supone un vivo reclamo para cuantos lo rodean.

Pero para ello debemos, no ya “adentrarnos”, sino descubrirnos metidos de hecho hasta a fondo en un terreno desértico amenazador. No lo hemos elegido, pero es, misteriosamente, el lugar idóneo para descubrirnos elegidos. En Cristo lo somos, ciertamente, y podemos consentir, día a día, en realizar una costosa, discreta, amorosa, gloriosa obediencia filial. Sometidos a tentación (de poder, de rencor, de sospecha, de egoísmo, de avidez, maledicencia,... de soberbia, en fin) desde el día de nuestro nacimiento, y sujetos a prueba (“A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición”, San Juan de la Cruz), que eso y no otra cosa es el desierto, vivimos de la constante paradoja pascual: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10).

Eso es toda oración: la miseria de rodillas, con las manos extendidas y la boca abierta, ante la Misericordia omnipotente del Corazón de Dios. Ésa es, en la esencia, la oración del santo más contemplativo como la del cristiano más vulgar e interesado” (S. Manuel González, ob., Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Obras Completas I, pág 810).

+ Feliz y santa Cuaresma +











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23 feb. 2017

A los pequeños

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La Cuaresma es un tiempo de preparación personal y eclesial –nunca va lo uno sin lo otro– para la celebración de los grandes misterios de la vida cristiana. Para la Pascua. Una ocasión idónea para preguntarnos con detenimiento y en conciencia ¿qué es lo más importante para mí? No es algo que debamos responder a la ligera, ni afrontar con miedo alguno, sino desde la confianza íntima de que, cualquiera que sea nuestra respuesta, Dios nos estará queriendo decir algo. Por eso es bueno que pidamos los dones de la humildad, que es andar en verdad (Santa Teresa de Jesús), y de la conversión continua, pues podemos descubrirnos con los pies enfangados por “caminos de muerte”, o amenazados siempre de estarlo. “Velad y orad, para no caer en tentación”, nos advierte el Señor.

La Cuaresma nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la trayectoria final de Jesús de Nazaret, abrirnos al misterio que encierra su “via crucis”, pues a simple vista podríamos tener la impresión de que el mismo Pastor del Rebaño se condujo ciegamente por dichas “sendas de muerte”. Sin embargo, los cristianos sabemos que los pasos de Jesús no eran erráticos, ni absurdos, sino que estaban atravesados de un sentido salvador y redentor, conscientemente asumido.

Es cierto: su corazón y sus pies apuntaron siempre hacia Jerusalén. Él conocía bien su misión, y no se hacía ilusiones cerca de las reacciones que provocaba en los demás. Si leemos las Escrituras, constatamos que conforme nos acercamos al final de su vida terrenal, la atmósfera se nos hace irrespirable. Todo a su alrededor era asfixiante y conspiraba, abierta o secretamente, contra su Persona y pretensiones últimas. El motivo era bien claro, pues Jesús no pasaba únicamente por ser un hombre sabio y bondadoso, o un profeta de gran poder, obrador de milagros, cercano al pueblo, maestro ingenioso y comprensivo. Él actuaba y decía las cosas “como quien tiene autoridad”.

Ante todo, Jesús se presentaba como la-Autoridad-en-persona, un ser humano que perdonaba los pecados, capaz de interpretar y aplicar la Ley divina desde dentro, una persona que podía reclamarte la vida. Jesús se sabía y postulaba como un absoluto; alguien ante quien nadie quedaba indiferente. Entrar en contacto con Cristo suponía verse tocado en lo más profundo del corazón e introducido en aquél ámbito de la intimidad en el que es posible la libertad e irremediable tomar una postura. Pero Jesús nunca forzaba el sentido de la respuesta, sino que se proponía amorosamente, con una dulzura y delicadeza infinitas. Él seguía siendo rechazable. Ante Él en cualquier caso, la gente iba decidiéndose en un sentido o en otro, sin acabar de “controlar plenamente” lo que pasaba, pero conscientes de que en esa mirada irrepetible, penetrante y comprensiva, había una cierta, innegable, fuerza de imposición. La fuerza de imposición de la Verdad en Persona. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo –dirá ante un Pilato atónito–: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). No olvidemos que de entre todos los motivos por los que las clases dirigentes y los fariseos quisieron darle muerte, destaca uno a gran distancia del resto: “No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces Dios(Jn 10,33).

El caso es que todos conocían de dónde provenía ese tal Jesús. Había pocos secretos acerca de su origen humilde y artesano (su padre, José, era Teknés, y Él, el hijo del teknés). Este fuerte contraste, este salto desproporcionado entre lo que la gente “creía saber” del Nazareno y lo que cualquiera en su presencia captaba de inmediato debe movernos a pensar. No tenemos derecho a pasar por alto este dato, como quien oye distraídamente una cantinela conocida que se repite año tras año… Aprovechemos la Cuaresma para pensar y rezar, implorando la luz de lo alto, suplicando ver por la fe aquello que los discípulos captaron en Jesús. Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!” (Lc 10,23).

La puerta de la fe sigue siendo la humildad, sin la que no es posible la pureza de corazón. En aquella hora, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo, y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». (Lc 10,21-22)

Cuando nos detenemos un poco en este pasaje tan conocido, que no por casualidad destaca que Jesús estaba muy contento, descubrimos una lógica en el modo en el que Dios se manifiesta a sus criaturas preferidas. La revelación es, primera y muy principalmente, un don gratuito, una fabulosa muestra de amor que en ningún caso podemos “forzar” o pretender “merecer”, puesto que nos viene toda ella del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. La Trinidad entera está volcada en comunicarse con su amor y su verdad, en darnos parte de su gloria y felicidad eternas. Pero de esto sólo se percatan los pequeños. “Es preciso nacer de nuevo”, recordábamos hace algunos números. Y nacen de nuevo quienes se entregan de corazón a una actividad bien concreta, que es la primera forma de respuesta, sin la cual las demás realmente no existen: acoger. La espiritualidad de María, el trabajo principal de los niños de Dios.

Tal vez nos cueste apreciarla en su justa medida. No es fácil comprender hasta qué punto representa la mayor de nuestras tareas. Y es normal hasta cierto punto, porque tendemos a considerarla como algo meramente pasivo, indigno de nuestras formidables capacidades y aspiraciones. En lo que respecta a Dios y a los demás, nos inclinamos hacia el dar, el hacer, el proveer, compartir, promocionar… pero aunque éstas magníficas pruebas de amor son inseparables del recibir, no dejan de ser un momento segundo de la respuesta a Dios. Lo primero sigue siendo aprender a recibir, y por tanto aprender a mirar.

“María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Qué gran don del Espíritu Santo, que secunda y sostiene a los pequeños, a los que han decidido dejarse guiar y sostener por algo más que sus propias fuerzas y criterios, y se han hecho capaces de la fe, capaces de reconocer en sus vidas a Jesús, Dios y Hombre verdadero. Ésta es en el fondo la decisión que podemos tomar hoy: Señor, hazme tú la agenda.

Por eso, la Iglesia nos propone un camino de oración, ayuno y limosna, que vaya haciendo de nuestras vidas una pura y confiada receptividad de Dios y de su voluntad. Así, por ejemplo, en Jesucristo la humanidad se ha hecho capaz de Dios, y podemos escuchar en medio de las batallas diarias: “venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco” (Mc 6), o quitarnos de lo que nos sobra (y estorba), para volver a desear bien y acoger a quien nos necesita, o confiar de nuevo sólo en Dios, (“no andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir…” Mt 6,31). Ésta es la fidelidad en lo poco a la que hay que aspirar, con la que va naciendo en nosotros la determinación de los amigos de Jesús -y que es un milagro desde cualquier punto de vista que se la mire-: “Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: vamos también nosotros y muramos con Él.” (Jn 11,16)

Es preciso emplearse a fondo en el arte de la infancia espiritual (Santa Teresita del Niño Jesús), que consiste en un paciente ­–y por tanto agradecido, esperanzado– saber mantenerse abierto los dones de Dios, a adorar su voluntad y a acogerle a Él, máximamente entregado en Cristo. Sin esta disposición de la madurez cristiana, que es con la que deberíamos por ejemplo acercarnos a la Misa, el resto de nuestras “buenas obras y mejores intenciones” se quedan como chatas y vacías de sabor, tan pretenciosas como ridículas. “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).

Un último detalle, de valor incalculable: Jesús se presenta ante los demás, ya lo hemos dicho, como lo que es, como el Alfa y la Omega, principio y fin de la historia, como el Dios hecho hombre para nuestra salvación. Pero Él se ha puesto también como el primero entre los pequeños de la tierra, alguien inmediatamente comprensible para los pobres, los desheredados, los enfermos y apestados de la sociedad. Y no por la miseria o pestilencia de éstos, sino porque han descubierto que sólo tienen a Dios por defensa. ¡Cuántas aparentes “seguridades” nos apartan de la única que cuenta! Con todo lo que es y representa, Jesús no deja nunca de hacer lo que ha hecho desde la eternidad: volverse hacia el Padre para recitar ahora con el pequeño resto de Su Pueblo –con nosotros hoy– el Salmo 130:



Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad.

Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;
como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí.

Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.





Ésta es la disposición con la que se condujo hacia su Pascua.









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12 oct. 2016

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«Dios da la vida a los muertos y llama a las cosas que no existen para que sean.» (Rom 4, 17)



Boceto iglesia Benasque, Huesca -Catalogo 1995 Palacio de Sástago-








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19 may. 2016

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up in the air!














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15 sept. 2013

3 sept. 2011

cero grados

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El miedo.

Desactivador universal.

Nuestro instinto es una herramienta de primer orden que ha permitido al ser humano sobrevivir al paso de los milenios (vídeos de José Mota y entrevistas de Jesús Hermida incluídas). Pero a diferencia de otros indicadores, el miedo no sólo le avisa de los peligros, sino que puede responder a (o incrementarse por) factores puramente psicológicos, con la sugestión y las composiciones de lugar erróneas a la cabeza. A modo de ejemplo, es como si un termómetro marcara cero grados cuando efectivamente los hiciera y cuando el termómetro decidiera que los hace, estando a treinta grados.

Es posible tener miedo por ignorancia u ocultamiento de la seguridad en que efectivamente nos movemos. Pido disculpas por la clase de primero de teleñecos, pero la necesito para llegar a un punto interesante: la ignorancia del medio en que nos encontramos puede ser involuntaria o puede ser culpable. Y la segunda posibilidad, de la que el ser humano es perfectamente capaz (hasta llegar a ocultársela también), resulta inquietante en grado sumo. Puede darse entonces la siguiente situación: que una persona sea la causa eficiente de su propia ignorancia, fruto de la cual viva instalada en el miedo. Adviértase que esta ignorancia no tiene por qué ser fruto de una decisión firme, tomada de modo consciente. Me inclino a pensar que más bien se dará como consecuencia de una sucesión de reacciones subconscientes (o tomadas a la ligera, sin advertir sus profundas, vitales, radicales consecuencias) y que su culpabilidad se deba a la falta de voluntad de superar la ignorancia a la que le han ido conduciendo. El conformismo y no la ignorancia, el deseo de permanecer en ella es lo que puede echársele en cara.

Pienso que el motivo por el que estamos sujetos a esta tentación reside, sobre todo, en lo que se ha convertido de hecho en el tabú de nuestros días. El dolor.

No queremos sufrir. Por supuesto, no quiero decir que en otros momentos de la historia se haya considerado un valor positivo (algo propio de patologías determinadas, perfectamente identificadas desde antiguo), o que no se haya procurado evitar por todos los medios. Me refiero a algo distinto: llegados a un punto, el dolor era aceptado como un invitado no buscado, pero asumido, y al que se podía incluso encontrar un sentido. Hoy no es así. Basta echar un vistazo a los argumentos de muchas personas a nuestro alrededor (por no mencionar los de los partidos políticos y los mass-media que los superprotegen), para darse cuenta de que el dolor representa el escándalo de nuestros días. Hoy nos resulta tan "intolerable" que lo hemos elevado a rango de elemento determinante de la dignidad o no de una vida, y le otorgamos, metafóricamente hablando, las llaves del cielo y del infierno, para que disponga de ellas según su criterio reduccionista.

La sociedad occidental ha invertido los términos, poniendo en tela de juicio verdades irrenunciables y ha hecho de las que se siguen -de orden necesariamente secundario- su dogma estático y lineal. La ausencia de dolor y su hermano progre, el mal llamado bienestar, parecen los valores definitivos y se anteponen con ardorosa vehemencia al derecho a la vida, del que beben. Es una situación absurda, en la que se protegen a muerte ideas (no diré derechos todavía) derivadas del derecho supremo que se ataca. Y todo ello manoseado y ofuscado con discursos elocuentes y una mano de barniz intelectualoide que nada tiene que ver con la verdadera ciencia, la que busca la verdad, la que no falsea, la que colabora con las demás ramas del saber y sabe ir de la mano de la moral. Es una lógica absurda, demencial. Una falacia de consecuencias abismales que ya se dejan notar. Una muesca más en las Tablas de la Ley Antipersona con que nos saboteamos, orgullosos.

Pero volviendo a la génesis del asunto, resulta inquietante -por infantil- que la causa de tanto mal resida en el bajísimo índice de tolerancia al dolor en nuestra sociedad. "Que pase lo que sea, pero que no duela", es el mantra infalible que las mentes infrautilizadas (y los corazones anquilosados) repiten con mecánica, mortífera precisión.

El dolor no puede tener la última palabra, no puede ser el argumento definitivo, el puerto de llegada en el que descansen nuestros argumentos. Hay multitud de valores superiores al del bienestar, empezando por la justicia, la tolerancia, la honestidad y el amor. Éstos sí son la fuente de toda personalidad digna de tal nombre.

"El siglo XXI será el siglo de los que tengan personalidad", me dijo hace tiempo un amigo. Y tenía razón. El siglo de las personas que no vendan su alma por una semana de vacaciones en Nueva York (lo que no lleves en tu corazón, difícilmente podrás encontrarlo allí), que no rehuyan una intervención quirúrgica necesaria, que toleren una deficiencia física desagradable a la vista (porque conocen la potencialidad infinita de quien la padece), que sean capaces de salir en defensa de quien aman, por encima del instinto básico primero (que no es de corte sexual, sino existencial).

La vida es el derecho primero. La primera verdad. Y sólo es lícito entregarla por aquella vida que más queremos, y no tiene por qué ser la propia. Aunque duela. Porque la verdad puede doler, pero no deja de ser verdad.

Lo otro son cuentos de brujas que el demonio ha sabido contar y cuya moraleja nos oculta con habilidad.



















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22 ago. 2011

r e d

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Cuando señalas con una marioneta, el tonto se queda mirando la luna.





foto: Larrede (El Serrablo, Huesca)












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15 ago. 2011

...será tuyo, hijo

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Sí, todo lo humano es personal. Pero el hombre puede deshumanizarse, la persona auténtica enredarse en dinámicas destructivas.

El hombre no es sólo un instrumento de la tradición: además de una condición para la misma, es un ser destinado a realizarse. Y su realización depende tanto del grado de información que reciba y sepa transmitir a sus próximos como del nivel de vida y experiencia que logre alcanzar. La vida no está concebida sólo y únicamente para ser transmitida, sino también -y esencialmente- para ser vivida.

En puridad, sólo puedo transmitir lo que he vivido. Lo que en mi vida he encontrado de valioso. El hombre es una pieza del engranaje, pero una pieza libre, con capacidad para desligarse del mecanismo que humaniza (y de esta forma, aunque no lo perciba así, despersonalizarse; es decir, renunciar poco a poco -"el hombre muere despacio"- a aquello que le diferencia del resto de criaturas y le convierte precisamente en persona). Y cuando conoce y asume su puesto en el proceso, es capaz de todo lo bueno y mejor. Es pieza, elemento de transmisión, pero a modo de componente libre, que encuentra en la experiencia de vida y en la verdad de su interior los motivos por los que debe incorporarse a la tradición. Formar parte de algo más grande que él, que le alimenta y bebe de él a un tiempo.

La tradición de todo lo bueno que hay en él sólo se produce cuando lo descubre, vive y asume como tal. Cuando se desarrolla y eleva hasta la condición de persona, que es libre y amable por entera, y está en condiciones de decir a sus hijos: "Yo he vivido y es verdad. Toma y sigue."



Y por descender a lo concreto, si tuviera que dejar una lista de cosas cotidianas por las que merece la pena vivir, si tuviera que despedirme y dejar algo a mis amigos, les diría varias cosas que no referiré aquí, y otras tantas que empiezan con que es bueno levantarse dando gracias, pasear por las calles mientras se activa la masa urbana, desayunar fuerte, si es posible dos veces, ser fiel al sitio donde se compra el pan, se lee la prensa y se bebe café (o batido de chocolate), leer el Evangelio y disfrutar con lo que pasa –y mira que pasa–, hablar con tus padres y hermanos, los de sangre y los de espíritu, estar centrado en cada cosa que se hace (cuando se trabaja, se trabaja; cuando se brinda, se brinda; cuando se besa, se besa), hablar de pie y comer sentado, llevar un diario de motivos por los que dar gracias, atreverse con lo que da miedo pero gusta en el fondo, leer los clásicos, ver los clásicos, escuchar los clásicos, y al final del día, cuando parece que todo queda por hacer, considerar lo que sobra, lo necesario, lo que puedo regalar. Lavar la ropa, regar las plantas y dejar los zapatos limpios para mañana.


Cosas sencillas que hacen la vida vivida. Cosas que dejar en una lista si sales pronto.

Para volver a casa.


n a c o

cafécortado












fotos: Pedro Sagasta, pintor aragonés
S. Ignacio de Loyola, NYC 2011








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a r c h i v o

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(estamos) llamados a ser