ser es más que estar

23 feb. 2017

A los pequeños

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La Cuaresma es un tiempo de preparación personal y eclesial –nunca va lo uno sin lo otro– para la celebración de los grandes misterios de la vida cristiana. Para la Pascua. Una ocasión idónea para preguntarnos con detenimiento y en conciencia ¿qué es lo más importante para mí? No es algo que debamos responder a la ligera, ni afrontar con miedo alguno, sino desde la confianza íntima de que, cualquiera que sea nuestra respuesta, Dios nos estará queriendo decir algo. Por eso es bueno que pidamos los dones de la humildad, que es andar en verdad (Santa Teresa de Jesús), y de la conversión continua, pues podemos descubrirnos con los pies enfangados por “caminos de muerte”, o amenazados siempre de estarlo. “Velad y orad, para no caer en tentación”, nos advierte el Señor.

La Cuaresma nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la trayectoria final de Jesús de Nazaret, abrirnos al misterio que encierra su “via crucis”, pues a simple vista podríamos tener la impresión de que el mismo Pastor del Rebaño se condujo ciegamente por dichas “sendas de muerte”. Sin embargo, los cristianos sabemos que los pasos de Jesús no eran erráticos, ni absurdos, sino que estaban atravesados de un sentido salvador y redentor, conscientemente asumido.

Es cierto: su corazón y sus pies apuntaron siempre hacia Jerusalén. Él conocía bien su misión, y no se hacía ilusiones cerca de las reacciones que provocaba en los demás. Si leemos las Escrituras, constatamos que conforme nos acercamos al final de su vida terrenal, la atmósfera se nos hace irrespirable. Todo a su alrededor era asfixiante y conspiraba, abierta o secretamente, contra su Persona y pretensiones últimas. El motivo era bien claro, pues Jesús no pasaba únicamente por ser un hombre sabio y bondadoso, o un profeta de gran poder, obrador de milagros, cercano al pueblo, maestro ingenioso y comprensivo. Él actuaba y decía las cosas “como quien tiene autoridad”.

Ante todo, Jesús se presentaba como la-Autoridad-en-persona, un ser humano que perdonaba los pecados, capaz de interpretar y aplicar la Ley divina desde dentro, una persona que podía reclamarte la vida. Jesús se sabía y postulaba como un absoluto; alguien ante quien nadie quedaba indiferente. Entrar en contacto con Cristo suponía verse tocado en lo más profundo del corazón e introducido en aquél ámbito de la intimidad en el que es posible la libertad e irremediable tomar una postura. Pero Jesús nunca forzaba el sentido de la respuesta, sino que se proponía amorosamente, con una dulzura y delicadeza infinitas. Él seguía siendo rechazable. Ante Él en cualquier caso, la gente iba decidiéndose en un sentido o en otro, sin acabar de “controlar plenamente” lo que pasaba, pero conscientes de que en esa mirada irrepetible, penetrante y comprensiva, había una cierta, innegable, fuerza de imposición. La fuerza de imposición de la Verdad en Persona. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo –dirá ante un Pilato atónito–: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). No olvidemos que de entre todos los motivos por los que las clases dirigentes y los fariseos quisieron darle muerte, destaca uno a gran distancia del resto: “No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces Dios(Jn 10,33).

El caso es que todos conocían de dónde provenía ese tal Jesús. Había pocos secretos acerca de su origen humilde y artesano (su padre, José, era Teknés, y Él, el hijo del teknés). Este fuerte contraste, este salto desproporcionado entre lo que la gente “creía saber” del Nazareno y lo que cualquiera en su presencia captaba de inmediato debe movernos a pensar. No tenemos derecho a pasar por alto este dato, como quien oye distraídamente una cantinela conocida que se repite año tras año… Aprovechemos la Cuaresma para pensar y rezar, implorando la luz de lo alto, suplicando ver por la fe aquello que los discípulos captaron en Jesús. Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!” (Lc 10,23).

La puerta de la fe sigue siendo la humildad, sin la que no es posible la pureza de corazón. En aquella hora, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo, y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». (Lc 10,21-22)

Cuando nos detenemos un poco en este pasaje tan conocido, que no por casualidad destaca que Jesús estaba muy contento, descubrimos una lógica en el modo en el que Dios se manifiesta a sus criaturas preferidas. La revelación es, primera y muy principalmente, un don gratuito, una fabulosa muestra de amor que en ningún caso podemos “forzar” o pretender “merecer”, puesto que nos viene toda ella del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. La Trinidad entera está volcada en comunicarse con su amor y su verdad, en darnos parte de su gloria y felicidad eternas. Pero de esto sólo se percatan los pequeños. “Es preciso nacer de nuevo”, recordábamos hace algunos números. Y nacen de nuevo quienes se entregan de corazón a una actividad bien concreta, que es la primera forma de respuesta, sin la cual las demás realmente no existen: acoger. La espiritualidad de María, el trabajo principal de los niños de Dios.

Tal vez nos cueste apreciarla en su justa medida. No es fácil comprender hasta qué punto representa la mayor de nuestras tareas. Y es normal hasta cierto punto, porque tendemos a considerarla como algo meramente pasivo, indigno de nuestras formidables capacidades y aspiraciones. En lo que respecta a Dios y a los demás, nos inclinamos hacia el dar, el hacer, el proveer, compartir, promocionar… pero aunque éstas magníficas pruebas de amor son inseparables del recibir, no dejan de ser un momento segundo de la respuesta a Dios. Lo primero sigue siendo aprender a recibir, y por tanto aprender a mirar.

“María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Qué gran don del Espíritu Santo, que secunda y sostiene a los pequeños, a los que han decidido dejarse guiar y sostener por algo más que sus propias fuerzas y criterios, y se han hecho capaces de la fe, capaces de reconocer en sus vidas a Jesús, Dios y Hombre verdadero. Ésta es en el fondo la decisión que podemos tomar hoy: Señor, hazme tú la agenda.

Por eso, la Iglesia nos propone un camino de oración, ayuno y limosna, que vaya haciendo de nuestras vidas una pura y confiada receptividad de Dios y de su voluntad. Así, por ejemplo, en Jesucristo la humanidad se ha hecho capaz de Dios, y podemos escuchar en medio de las batallas diarias: “venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco” (Mc 6), o quitarnos de lo que nos sobra (y estorba), para volver a desear bien y acoger a quien nos necesita, o confiar de nuevo sólo en Dios, (“no andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir…” Mt 6,31). Ésta es la fidelidad en lo poco a la que hay que aspirar, con la que va naciendo en nosotros la determinación de los amigos de Jesús -y que es un milagro desde cualquier punto de vista que se la mire-: “Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: vamos también nosotros y muramos con Él.” (Jn 11,16)

Es preciso emplearse a fondo en el arte de la infancia espiritual (Santa Teresita del Niño Jesús), que consiste en un paciente ­–y por tanto agradecido, esperanzado– saber mantenerse abierto los dones de Dios, a adorar su voluntad y a acogerle a Él, máximamente entregado en Cristo. Sin esta disposición de la madurez cristiana, que es con la que deberíamos por ejemplo acercarnos a la Misa, el resto de nuestras “buenas obras y mejores intenciones” se quedan como chatas y vacías de sabor, tan pretenciosas como ridículas. “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).

Un último detalle, de valor incalculable: Jesús se presenta ante los demás, ya lo hemos dicho, como lo que es, como el Alfa y la Omega, principio y fin de la historia, como el Dios hecho hombre para nuestra salvación. Pero Él se ha puesto también como el primero entre los pequeños de la tierra, alguien inmediatamente comprensible para los pobres, los desheredados, los enfermos y apestados de la sociedad. Y no por la miseria o pestilencia de éstos, sino porque han descubierto que sólo tienen a Dios por defensa. ¡Cuántas aparentes “seguridades” nos apartan de la única que cuenta! Con todo lo que es y representa, Jesús no deja nunca de hacer lo que ha hecho desde la eternidad: volverse hacia el Padre para recitar ahora con el pequeño resto de Su Pueblo –con nosotros hoy– el Salmo 130:



Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad.

Sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;
como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí.

Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.





Ésta es la disposición con la que se condujo hacia su Pascua.









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1 comentario:

Anónimo dijo...

Un hermoso post. Un momento de apaciguamiento y de sentida reflexión en estos tiempos de locura y frenético ritmo vital.
Gracias, gracias por mantener la llama viva.

a r c h i v o

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(estamos) llamados a ser