ser es más que estar

4 may. 2006

Carta a una Mujer


Estaba paseando esta tarde por las afueras de la ciudad, en los caminos de un bosque que llaman Valorio, cuando me ocurrió algo curioso. En cierto momento me encontré caminando unos metros por detrás de una familia, un padre con su mujer y un niño pequeño. Se dirigían a un ford plateado aparcado al borde del camino y su aspecto... bueno, el de quien va al campo una o dos veces al año sin llegar a recordarse a sí mismo que la hierba existía mucho antes que el asfalto, y que seguirá existiendo cuando las carreteras, las fábricas, los huesos que nos sostienen y el cáncer que nos mata no sean más que montones de polvo sin nombre. Antes de subir al coche, de manos del hombre se ha deslizado algo rojo que ha caído al suelo. Él ha vuelto la mirada de gafas de sol a su hijo, para regañarle por no se qué estupidez, y ni siquiera ha dedicado una última mirada a esa materia roja, anónima, que sus dedos habían dejado caer sobre la hierba aplastada por el paso de cien neumáticos. Desde el primer momento he temido lo que aquello podía ser, y me he acercado para comprobar que estaba en lo cierto. Desde su lecho de hierba, una amapola destrozada me ha dedicado una última sonrisa. Antes de seguir mi camino hacia ninguna parte, me he preguntado por qué ese hombre se habría molestado en agacharse, arrancar la amapola y llevarla unos metros en sus manos, sólo para dejarla caer después, tirada,abandonada y tal vez consciente de lo absurdo de su final. Me he acordado de ti, porque tú sí justificarías que ese hombre o cualquier otro, tal vez yo, recogiese cien mil amapolas sólo para ponerlas a tus pies. Pero tú no estabas allí, y ese hombre ni siquiera tuvo la dignidad de ofrecer la flor a la mujer que le acompañaba. Me he preguntado varias veces por qué esa amapola había muerto, si de nada había servido que la arrancasen, si ningún hombre se la había ofrendado a una mujer (que es la única razón por la que las amapolas aceptan su propio final). Lisa, suave, roja como el recuerdo de tus labios, la amapola me ha susurrado que obtendría una respuesta a mi pregunta antes de que terminase el día. ¿De qué sirvió su final? Escribiendo esta carta lo he comprendido. Murió porque, aunque el hombre que la arrancó despreció después toda su infinita belleza tirándola al suelo, aunque no se la entregó a su mujer ni la puso en su solapa sonriendo ante el milagro de vivir en un mundo con algo tan hermoso como una amapola, la flor murió consciente de que alguien, un hombre, yo, contaría la historia de su triste final a una mujer, tú, y terminaría su historia con las únicas dos palabras que pueden y deben acompañar el suave final de una flor al ver quebrado su tallo: Te quiero.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

emocionante

Anónimo García dijo...

W O W
Que bueno que rescataste esa amapola de su muerte sin sentido, y le diste uno... con el tambien has recordado todas aquellas otras amapolas anonimas que son muertas por pura vanidad humana y de las que nadie cuenta su historia.
Un dia de estos dejaremos de pensar que somos dioses. Espero.

- O S A K A - dijo...

la verdad es que he vuelto a leerlo y sigo diciendo lo mismo: emocionante
¡qué bueno!
Ig.

- O S A K A - dijo...

me repito más que...

precioso texto

la primera vez que regale una flor a una chica (a La Chica) haré mías estas líneas

por cierto: aún no he regalado una flor a nadie que no fuera mamá...

:P

- n a c o -

a r c h i v o

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(estamos) llamados a ser